El arte de los niños

La guerra introdujo cambios en la práctica expresiva del dibujo. El Ministerio de Instrucción Pública (MIP) advirtió de la importancia de los dibujos en el campo de la difusión internacional de los efectos de la guerra en la población infantil y fomentó, a través de una instrucción específica, la producción, recolección y difusión de los mismos en torno a tres temas: “Escenas de la vida del niño antes de la guerra”; “Escenas de la vida del niño durante la guerra” y “Cómo se imagina el niño la vida después de la guerra”.

Por otra parte, pedagogas y psicólogas (como Regina Lago) encontraron en los dibujos una herramienta importante para ayudar a los niños a enfrentar el trauma de la guerra y la separación de sus familias. Es el primer uso sistemático conocido del arte como terapia para niños en tiempos de guerra. Pero se trata de dibujos y, en consecuencia, atrajeron la atención también de las personas relacionadas con el mundo del arte. En el magnífico prólogo del libro, Aldous Huxley expresa las dos maneras en que se pueden ver estos dibujos: “Como un fenómeno puramente estético y como expresión de la historia contemporánea, con los ojos del sociólogo, tanto
como del crítico de arte”.

La República sustentó sus peticiones de apoyo, propagandísticas y financieras, sobre el arte y, como es conocido, artistas, obras y exposiciones fueron movilizados en la difusión de la posición y la defensa de la República. Los dibujos infantiles participaron de este proceso. Los dibujos pasaron
a formar parte de la propaganda de la República en el extranjero y de sus mecanismos de recaudación de ayudas. Las instrucciones del MIP dan cuenta de esta perspectiva: el fomento del dibujo debía ser una herramienta para conmover a las poblaciones de otros países.

Por otra parte, los dibujos infantiles atrajeron la atención de personas relacionadas con el mundo del arte, ya fuera marchantes como Weissberger, aficionados, coleccionistas, especialistas, o responsables de cultura como el Director General de Bellas Artes, que estaba en Valencia, Josep Renau.

Los dibujos infantiles fueron objeto de numerosas exposiciones en diversos países y lugares, desde clubes, galerías comerciales, universidades, museos y galerías de arte, apoyadas por activistas y especialistas, reforzando además la idea un tanto romántica de España como un país de creadores: “Algunas obras tienen gran mérito artístico para ser niños tan pequeños y claramente indican la presencia en España de una importante tradición artística. Todos los dibujos son interesantes por el tema que tratan y por cómo lo tratan” (New York Times, citado en Sagarra 2017). En el prólogo del libro, Huxley se explaya comentando la dimensión estética de los dibujos: “Estos niños españoles, repito, han tenido que trabajar con una desventaja técnica; pero a pesar de esta desventaja, qué bien se han desenvuelto en general. Hay combinaciones de colores pálidos y puros que recuerdan las armonías que se encuentran en los bocetos coloreados del siglo XVIII. En otros dibujos, los tonos son profundos, los contrastes violentos. (Recuerdo especialmente un paisaje con una casa con techo rojo entre árboles y colinas oscuras que posee, a su manera infantil, todo el poder y la seguridad de un Vlaminck).”

La desventaja que cita Huxley no es casual o fruto de una elección. En 1938 los materiales de dibujo eran de difícil o imposible acceso, y la mayoría de estos estuches de dibujo y lápices provenían, como el alimento o los vestidos, de los envíos del ASFC a la zona. Los responsables de estas colonias, mujeres pedagogas muchas veces, vieron la importancia del juego y la expresión en los niños, de forma que impulsaron también la llegada de estos materiales.

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