Prólogo de Aldoux Huxley

Ésta es una colección de dibujos infantiles. También es, al mismo tiempo, una colección de dibujos hechos por niños y niñas que han vivido una guerra moderna.

Consideremos pues la colección en ambos aspectos -como un fenómeno puramente estético y como expresión de la historia contemporánea- a través de los ojos del sociólogo, tanto como del crítico de arte.

Desde un punto de vista estético y psicológico, lo más sorprendente de una colección de este tipo es el hecho de que, cuando se los deja solos, la mayoría de los niños muestran talentos artísticos asombrosos (cuando se les interfiere y se les dan “lecciones de arte”, muestran poco más que docilidad y un poder camaleónico para imitar cualquier modelo creado para su admiración). Uno puede plantear el asunto aritméticamente y decir que, hasta la edad de catorce o más años, al menos el cincuenta por ciento de los niños son pequeños genios en el campo del arte pictórico.
Después de eso, la proporción disminuye con una enorme y acelerada rapidez hasta que, cuando los niños se han convertido en hombres y mujeres, la proporción de genios es de aproximadamente uno por millón. En lo que se refiere a la sensibilidad artística, la mayoría de los adultos han crecido, no hacia arriba, sino definitivamente hacia abajo.

La sensibilidad de los niños es multifacética y abarca todos los aspectos del arte pictórico. ¡Qué certero, por ejemplo, es su sentido del color! Los niños cuyos dibujos se muestran en esta colección solo han usado lápices de colores. Pero los lápices suficientemente fuertes para resistir la presión aplicada por las impacientes manos infantiles no son el medio de colorear más adecuado. Los niños coloristas están en su salsa cuando usan gouache o esos pigmentos no venenosos, similares a mermeladas, que ahora se suministran a guarderías y con los cuales, utilizando las técnicas familiares de jugar con barro o comida, incluso los niños más pequeños pueden producir los más delicados y armónicos ejemplos de “pintar con los dedos”. Estos niños españoles, repito, han tenido que trabajar bajo una desventaja técnica; pero a pesar de esta  desventaja, qué bien ese han desenvuelto en general. Hay combinaciones de colores pálidos y puros que recuerdan las armonías que se encuentran en los bocetos coloreados del siglo XVIII. En otros dibujos, los tonos son profundos, los contrastes violentos. (Recuerdo especialmente un paisaje
con una casa con techo rojo entre árboles y colinas oscuras que posee, a su manera infantil, todo el poder y la seguridad de un Vlaminck).

Al sentido del color, los niños añaden el de la forma y una notable capacidad para la invención decorativa. Muchos de estos paisajes pastorales y escenas de guerra están compuestos -sin saberlo, por supuesto, y por instinto- según los principios clásicos más sofisticados. Los vacíos y las masas están bellamente equilibrados sobre los ejes centrales. Las casas, los árboles, las figuras se colocan exactamente donde la regla de la Proporción Áurea exige que se coloquen. No se ven ensayos deliberados de decoración formal en esta colección; pero incluso en los paisajes y escenas de guerra, la atracción de los niños por los patrones se puede observar constantemente. Por ejemplo, las balas de las ametralladoras de los aviones el artista infantil las muestra como cadenas de cuentas entrelazadas, de modo que el dibujo de un ataque aéreo se convierte no solo en una conmovedora escena de la masacre, sino también, y al mismo tiempo, en un curioso y original patrón de líneas y círculos.

Finalmente, está la capacidad del niño para la expresión psicológica y dramática. Dicha capacidad está limitada por sus deficiencias en la técnica. Pero, dentro de esas limitaciones, la invención, el ingenio artístico y el poder de ejecución son a menudo notables. Las escenas pastorales de la vida en la granja en tiempos de paz, o en el refugio temporal en los campos de refugiados, son a menudo maravillosamente expresivas. Todo se muestra de la manera más viva. Y lo mismo ocurre con la realidad de las escenas de guerra. Los dibujos que ilustran los bombardeos desde el aire son dolorosamente gráficos y efectivos. Las explosiones, las huidas asustadas al refugio, los cuerpos de las víctimas, las madres llorosas, en cuyos rostros corren las lágrimas como cadenas de cuentas que apenas se distinguen de los rosarios de balas de las ametralladoras que descienden del cielo, son retratadas una y otra vez con un poder de expresión que suscita nuestra admiración por los artistas infantiles y nuestro horror por la elaborada bestialidad de la guerra moderna.

Y esto nos lleva en una transición inevitable al aspecto no estético de la exposición. Es un placer considerar estos dibujos infantiles como obras de arte; pero también es nuestro deber recordar que son un signo de los tiempos, síntomas de nuestra civilización contemporánea. Si los miramos con los ojos de historiadores y sociólogos, nos sorprenderá de inmediato un hecho horriblemente significativo: una gran cantidad de estos dibujos contiene representaciones de aviones. Para los niños y niñas de España, el símbolo de la civilización contemporánea es el avión militar; el avión que, cuando las ciudades tienen defensas antiaéreas, vuela alto y deja caer su carga explosiva indiscriminadamente desde las nubes; el avión que, cuando no hay defensas, baja a toda velocidad y apunta sus ametralladoras sobre los asustados hombres, mujeres y niños en las calles. Para cientos de miles de niños en España, como para millones de niños en China, el avión, con sus bombas y sus ametralladoras, es, en el mundo en que vivimos y hemos ayudado a construir, lo más significativo e importante por encima de todo lo demás. Este es el hecho espantoso del que los dibujos de nuestra colección son testigos inequívocos.

Al norte de los Pirineos y al oeste de la Gran Muralla, la imaginación de los niños y las niñas todavía es libre (escribo esto en los primeros días de septiembre de 1938) para vagar por toda la gama de experiencias infantiles. El avión de bombardeo aún no se ha impuesto sobre sus pensamientos y emociones, aún no ha estampado su imagen en su fantasía creativa. ¿Será posible ahorrarles las experiencias a las que han sido sometidos los niños de España y China? Y, de ser así, ¿cómo se puede lograr esto? A esta segunda pregunta se han dado muchas respuestas diferentes. De ellas, la más humana y racional es la, aparentemente utópica, pero en el
fondo práctica, respuesta propuesta por los cuáqueros. Que esta solución, u otras alternativas menos satisfactorias, se acepten de forma generalizada en un futuro cercano, parece improbable en alto grado. Lo más que podrán hacer los hombres y mujeres de buena voluntad es trabajar en defensa de alguna solución general al problema de la violencia a gran escala y, mientras tanto, ayudar a aquellos que, como los niños artistas de esta exposición, han sido víctimas del crimen y la locura colectiva del mundo.

Aldoux Huxley

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